Por las tierras de los Banu Qasi

29 August 2005

La residencia (2)

Filed under: Varia, Ficción

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Había pasado el tiempo. El mudo fue el que peor salió de todo el embrolló que se montó tras su propuesta. Se había convertido en los momentos de calma de la lucha que mantenían los partidarios de él y de ella en el objeto de todas las acusaciones. El mudo anhelaba que llegará pronto el día de la decisión y que se dejaran las cosas claras de una vez para siempre. Le importaban menos los ataques dirigidos contra él que el profundo odio que crecía entre ellos. Y si antes se había sentido él mismo un tanto raro, de tal forma que prefiría estar aparte en casi todas las celebraciones familiares, ahora era la misma familia la que lo rechazaba sin contemplaciones. Tuvo que ir aprendiendo a convivir con esta situación.
Cada vez que se hacía una consulta se daba siempre un empate técnico. El mudo era el voto para romper el equilibrio, pero no lo dejaban votar. Los dos bandos temían su decisión y no soportaban que decidiera sobre el futuro de la familia. Esto al mudo le producía un sentimiento de aislamiento y amargura, pero terminó por encontrar cierto alivio en no intervenir.
Los dos bandos mantenían una lucha fratricida. Lo único que les unía era su desprecio por el mudo. Le dijeron: “no queremos que votes, ni que seas árbitro de nada. Todo esta situación la has provocado tú.”
Él veía que la familia, lo mismo que se había acostumbrado a la desesperación, ahora se estaba acostumbrando al rito de las votaciones que no deciden nada. Penosamente se daba cuenta que él con su presencia y el odio que provocaba era un nexo más de la familia.
Comprendió que el equilibrio de fuerzas se rompería cuando los hijos empezaran a marcharse para formar nuevas familias o si se incorporaban nuevos miembros a la familia. Fue increible los equilibrios de fuerzas que se dieron cuando un hijo del bando del padre se fue de casa a vivir con su pareja. La madre por todos los medios intentó mantener su ventaja ante las próximas votaciones. Pero un accidente de coche le arrebató la ventaja e incluso, en rebancha, el padre intentó incorporar a la pareja de su hijo a su bando. Las cosas volvían al equilibrio, es decir a que los dos bandos lucharan por derrotar al otro. Esta situación le hizo comprender al mudo que aquella familia moriría por agotamiento. Como los dos hombres semienterrados del cuadro de Goya. Se darían golpes, no para vencer, ni para ganar, si no para hacer el mayor daño posible al otro. Y veía a los dos progenitores como animales salvajes, no solamente que se alimentaban de sus luchas, sino de sus propios hijos y con sus luchas salvajes se sorbían sus propias vidas hasta el último suspiro.
El mudo se marchó.

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