Por las tierras de los Banu Qasi

28 August 2005

La residencia (1)

Filed under: Varia

Él se sentía como si le hubieran atado un pie a la cama. A esta cama, que ya no compartía con ella ni mental, ni físicamente. Se lo dijo a ella. Pero, cada vez que él planteaba la situación, se sentía más atado a esa cama. Unas veces la sentía como una losa y otras, últimamente cada vez más, como una piedra atada a su cuello, que le estaba ahogando y le hundía en una gran desesperación y angustia.
Lo nuevo de la situación, para emperorarlo más, es que ella, también, se sentía atada a la piedra de la desesperación. Incluso, le había confesado, que se hundirían los tres juntos: ella, él y la piedra.
Él, cuando comprendió que no solamente la desesperación había prendido en él, si no que, ella, también desesperada, le hacía la vida imposible, porque se sentía con la misma o con otra piedra atada al cuello, procuró hacer una tregua y escuchar las dos desesperaciones. La tregua duró una temporada breve, durante la cual la desesperación parecía solaparse en el vivir diario, pero, el mismo vivir diario también la sacaba a flote y era cuando saltaba sin control y con más crudeza. La desesperación volvió a reinar.
No se sabe como se inició el siguiente paso: si lo planteó él o lo planteó ella o uno de sus muchos hijos. Porque este matrimonio, formado por él y ella tenía muchos hijos, tantos que él y ella habían perdido la cuenta. Tantas personas formaban la familia y tan poco le importaban a él y a ella últimamente, que, también esto había servido para aumentar la desesperación de él y de ella.
Si la desesperación había crecido sin saber por qué, o al menos, al ser tan remoto su origen, se había perdido en la noche de los tiempos del matrimonio, el siguiente paso, como deciamos, no lo dio ni él ni ella, a causa de su desesperación, si no que, lo propuso uno de los hijos. Uno de esos hijos anónimos que tenía el matrimonio y que había crecido, como un mudo dentro de esa familia que tenía tanta desesperación.
Les había dicho a él y a ella: “¡Sentaros en el sofa! ¡No encendáis la tele! ¡Y hablad! ¡Hablad!”
Y a toda la familia, les dijo: “¡No les habléis hasta que ellos no nos digan que han resuelto para hacer desaparecer la desesperación de la familia!”
Ella y él hablaron, se gritaron la mayor parte del tiempo, cuando no podían hablar. Pero tan desesperados estaban, que se rindieron. Se presentaron ante la familia, formada por tantos hijos desconocidos, y les dijeron que la desesperación no les había llevado a ninguna conclusión. Reconocieron que la desesperación solamente les llevaba a la destrucción mutua y que se sentían tan cansados, que lo único que hacía su mente es recuperar un poco de energía, para asestar un golpe, si cabía, más doloroso al otro.
En la familia estas palabras cayeron como una losa, vieron la desesperación de sus padres y esta desesperación les llevó a enzarzarse en una pelea, en la que cada uno tomo partido o bien por él o bien por ella. Y lo más desagradable fue que al mudo le pareció ver una sonrisa maléfica en él y en ella ante la desesperación de la familia, como si pensaran, sin hablarse uno al otro: “Ves. Yo tenía razón. Mi desesperación es mayor que la tuya.”
El mudo cambió su desesperación por angustia y se atrevió a gritar, para que le oyeran todos: “¡Callad! ¡Callad!” y cuando se hubo hecho el silencio, todos comprendieron que habían caido en la desesperación y se sintieron abatidos.
Pero, el abatimiento duró poco. Pronto empezó de nuevo la desesperación a emerger y, poco a poco, se hubiera hecho tan imponente que no se la hubiera podido parar, si el mudo no hubiera tomado la iniciativa de cortarla, antes de que los arrastrara otra vez, y él mismo, también, se viera sumido en ella.
“¡Callad!” gritó y propuso, “Como él y ella no han sido capaces de solucionar su desesperación o plantearnos una vía de solución. Os propongo unas medidas de convivencia.”
El mudo cuando hablaba estaba angustiado y se le notaba. Incluso, leyó en la expresión de uno de sus hermanos, que se preguntaba de dónde demonios ha salido éste. El mudo reconoció esta pregunta en uno de los más fieles partidarios de su madre. La angustia del mudo se mitigó un poco, porque la madre también sintió la espectación del ambiente e intervino haciendo un gesto para que todos escucharan. Se le oyó decir: “¡Dejadlo hablar!”
Él notó, que había cierta ironía y prepotencia en el gesto y la orden de la madre. Y pensó que, si la madre le dejaba hablar, es que lo consideraba, en parte, uno de sus partidarios, o que, al menos, no era un partidario declarado de su padre. En realidad, el mudo sabía que, salvo dos o tres de sus hermanos, la gran masa de ellos no había tomado todavía partido por nadie.
El mudo se lanzó: “Como toda la familia está presa de una gran desesperación, sobre todo él y ella.”
El mudo sabía que los tenía que citar. Les tenía que dar protagonismo, porque sabía que él y ella se habían atribuido muchas veces, por sus gestos y por sus acciones, ese papel, de que lo más importante de la familia eran él y ella. Esto era lo que él más odiaba y, a la vez, lo que, a él mismo, lo salvaba de la desesperación.
“Propongo.” Mirandolos a ellos dos y luego a la familia al completo, hizo una pausa para crear un ambiente de espectativa.
“Propongo,” volvió a repetir, casi tartamudeando, “que todos dejemos aparcada la desesperación y todos sus sintomas durante un año. Que no vuelva a darse ninguna pelea entre él y ella, durante un año.”
Cuando terminó esta frase no los miraba. Miraba a la familia y apuntaba hacia él y ella, para que la familia al completo se convirtieran en los árbitros de la situación. Para que no los dejaran pelearse.
La familia asintió. Y ellos, él y ella, por primera vez sintieron la presión de la familia. Por primera vez, vieron que su desesperación no solamente era suya o, no solamente, les afectaba a ellos; y que había otra voz, otra opinión, que nunca habían querido tener, realmente, en cuenta, si no les había servido para zaherirse. Él y ella se quedaron mudos. Ella y él calcularon rápidamente la nueva situación y decidieron, en pocos instantes, en que emplearían ese año de tregua. Muy lentamente, se miraron los dos a la vez. Comprendieron, cada uno por separado, que debían ceder. Pero, no vieron que cada uno de ellos pensaba lo mismo. “Tan poco se conocían y, a la vez, eran tan iguales.” Pensó el mudo.
El mudo los vio dar su asentimiento y vio en sus miradas, mientras él entraba en los detalles de lo que debía pasar durante ese año, que ellos estaban fabricando sus planes y apenas le escuchaban hasta que llegó al final.
El mudo se preguntó como coclusión de su pequeño discurso: “¿Y qué pasará dentro de un año?” Y sin dejar que la mente de ninguno, ni de él ni de ella ni de ninguno de su familia pudiera responder. Siguió: “Habrá una consulta. Todos podremos decidir, si esta familia se separa o continua junta.”
Esto despertó todavía más a la familia. Él y ella se quedaron mudos y sorprendidos, casi con la boca abierta. Habían cedido antes y ahora ninguno se atrevió a decir que no. De repente, se sintieron como unos miembros más de la familia. Los hijos asentían, aunque lo hacían con preocupación, porque podían tan solo tener un año de vida en común. El hogar quita muchas preocupaciones, aunque dé otras. Ahora sentían el dolor profundo de la desesperación. Hasta hace un momento lo habían visto todo como algo lejano, como algo a lo que se habían acostumbrado, aunque fuera molesto. Él y ella, ella y él se sintieron desesperados con el dolor interno que sentían sus hijos y vieron, a la vez, con que habían estado jugando. Ahora pensaban, intentando disculparse, si solamente era un juego, si solamente era un querer otra cosa y no saber qué.
El mudo vio todos los rostros, pero no captó la desesperación de todos ellos. No la sintió como ellos y por eso se dio cuenta, que, aunque ahora estuvieran abatidos, profundamente abatidos, dentro de poco empezaría otra vez el mismo juego salvaje. El juego que se trastocaría con el tiempo en otra cosa y haría aumentar las tensiones, cuando se acercaran a la fecha de la consulta. Pensó: “Él y ella, tras este abatimiento, volverán a las andadas, volverán a utilizar las mismas zancadillas. Son muchos años de profunda desesperación.”

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