Levitación
La levitación es una de las características de los habitantes de la tierra de los Banu Qasi. Esta levitación no la entendáis como una fuerza que vence la gravedad por medio de fuerzas mentales o espirituales. En las tierras de los Banu Qasi, se podría decir que no existen esas fuerzas o son fuerzas teñidas de brujería y sortilegios sobrenaturales. La levitación en la tierra de los Banu Qasi es sencillamente la demostración de que sus habitantes están completamente desterrados. Podíamos, para definirlo gráficamente, pensar que es como un eructo de la propia tierra contra sus propios habitantes y por contra es el rechazo de las tierras de los alrededores a que habiten sus cortezas.
La fuerza de la levitación se descubrió por casualidad, aunque se tiñó de brujería. Hace años se contaba que el hijo de un granjero en una de sus correrías por los límites boscosos de las tierras de su señor había caído de un árbol y no llegó al suelo. Lo descubrió una tropa que vigilaba que los campesinos no cazaran los venados del potentado del lugar. La sorpresa fue mayúscula, cuando el jefe de tropa, intentando cazar algo para cenar aquella noche, vio como se alejaba su caza entre los árboles que tenía delante. Sus hombres, tras fallar, se habían puesto al acecho y debajo justo del árbol, donde el muchaho sobrevolaba desde el amanecer. Los hombres que habían fallado en la caza hicieron varios disparos sobre el jovenzuelo levitador, cosa que extrañó a su jefe. Y éste solamente pensó, a qué narices malgastaban sus hombres tanta flecha, si se habían dejado escapar la caza. Miró entre el follaje, alejado del tronco del árbol para distinguir mejor la sombra que había en el cielo de la tarde. Y achinando los ojos y otro rato usando la palma de la mano como visera, distinguió al muchacho. Éste se encontraba entumecido y mirando hacia arriba. No se había atrevido a moverse, porque temía caerse hacia arriba o hacia abajo. En realidad, ya no sabía, ni distinguía lo que estaba a un lado o a otro, tal era la insolación petrificante que lo tenía en aquella situación todo el día. Claro que había oido a la tropa de abajo, escondiendose, acechando, pero no había osado moverse, por vergüenza y por el castigo que le darían los hombres de abajo si pudieran ponerle la mano encima.
El jefe de tropa, buscó una cuerda, un algo que lo sostuviera. Tampoco se había parado a pensar qué podía hacer una cuerda en la situación en la que se encontraba el muchaho, pero estaba claro que si tuviera un reglamento, en él estaría claramente precisado que a los campesinos no se les dejaría estar por encima de los árboles de su señor en ninguna circunstancia. No se sabía qué podían hacer los campesinos a esa altura. Si el jefe de tropa viviera, unos años, muchos años más, podría haber acusado al muchacho de violar el espacio aéreo de su señor, pero ahora le bastó con que por culpa de el vuelo, tampoco para él era levitación, pues no conocía ese término, se había quedado sin caza. Sabía que era culpa de sus hombres, pero las lagunas del futuro reglamento se solventarían negando las evidencias y haciendo comprensible lo incompresible. Sus hombres cuando se cansaron de esquivar sus propias flechas que las ramas del árbol rechazaba se acercaron a su jefe, con cara de interrogación y boca abierta. Buscaban en él sabiduría y mando, que por algo era su jefe.
La respuesta contundente del jefe fue una patada en la espalda al que más se había acercado a su caballo y una orden para que empezara a subir al árbol a ver si podía alcanzar desde las ramas al muchacho. El invitado a semejante proeza, comenzó a subir sin estar convencido de la orden de su jefe y de que él pudiera escalar primero por el tronco y luego saltar de rama en rama como una ardilla. Pero le convenció que el punta pie del jefe se convirtió en la punta de la espada, cuando apenas estaba en la mitad del tronco.
El otro miembro de la tropa empezó a chillar, para que el muchacho levitador bajara antes de que su compañero arriesgara su vida. Pero el muchacho también temía por la suya y ya había visto pasar debajo del árbol y debajo de sí mismo aquel día a mucha gente que, o no lo habían visto o si lo habían visto, se marchaban corriendo asustados, como si hubieran visto el monstruo que guardaba los fantasmas de los Banu Qasi.
Pero aquella tropa, fiel a su señor, no lo iban a dejar en paz tan facilmente. Su ignorancia le iba a hacer bajar de allí. ¿Cómo? El jefe ya tenía un plan. El muchacho de repente, se vio acompañado del escalador del árbol. Al subir había resbalado y, como le pasó a él, había caido hacia arriba. Allí estaban los dos. Casi se daban la mano. El jefe de tropa gritaba 25 metros más abajo, para que el guardia volador le echara el guante al campesino, que seguramente estaba cazando o al menos espantando la caza. El guardia era ignorante y cumplidor de ordenes le puso la mano en su brazo y tan pronto se sintió el muchacho atrapado, cayeron los dos como sacos llenos de piedras. Las ramas del milagroso árbol se rompieron a su paso y por un momento dudaron si ir hacia arriba o hacia abajo. Al final, llegaron a las hojas del suelo con un ruido seco.
